Cristóbal Medina

Yo solo soy el jardinero

FECHA

¿Es usted el señor Equis, don Mengano?
Voy a darme el gusto de un desahogo, aprovechando que estamos en verano y que este es mi blog y nadie está obligado a leerlo. Aún así, espero contar con el beneplácito de algún despistado que caiga por aquí y quiera solidarizarse.
Cuando me suena el teléfono, ya sea el móvil o el fijo, y preguntan por mí, anteponiendo las fórmulas de cortesía ya en desuso de señor o don, me entra un cabreo que tiraría el aparato al suelo y lo destruiría a pisotones.
Estoy hasta la coronilla de la publicidad agresiva, que se toma  la libertad de invadir mi privacidad utilizando un medio de comunicación tan personal como el teléfono. Todo le vale al capitalismo belicoso, la cuestión es captar clientes al precio que sea, y no tienen escrúpulos en utilizar medias verdades o mentiras completas. Lo que ellos te ofrecen siempre es mejor que lo de la competencia, más barato, de más calidad y es impensable que no lo contrates, a no ser que te falte un tornillo.
Yo estoy convencido de que esas supuestas ventajas no lo son, en ningún caso. Lo que ahorras por un lado lo gastas por otro y no merece la pena cambiar la compañía de teléfonos, la de seguros, etc., para caer en algo similar. ¡Qué leches! Que cuando yo quiera cambiar algo con lo que no estoy satisfecho, ya me informaré.
En una de estas llamadas me dijo la agresora fónica: “¿Pero es que usted no quiere pagar menos?”. A lo que le respondí: “Pues no, porque lo que yo quiero siempre es pagar más, así que lo que me ofrece no me interesa”.
He pasado por toda las fases. Desde aguantar con paciencia todas las explicaciones, por no ser descortés, hasta colgar sin escuchar nada o no contestar. Así he aprendido que cuanto más les deje hablar es peor, porque si no contratas lo que ellos quieren, además se enfadan. En otra ocasión, después de aceptar una tarjeta de crédito que no necesitaba para nada, pero que era gratis y que “¿qué me cuesta?”, la interfecta me pidió datos personales como el DNI y la cuenta. Cuando le dije que eso no se lo daba por teléfono de ninguna manera, y después de insistirme un rato, me colgó con un cabreo por su parte monumental. ¡Anda a cascarla, carajo!
Me da pena, en ocasiones, pensar que al otro lado del teléfono hay una persona explotada, con un sueldo de miseria, que solo cobrará si hace algún cliente. Pero la culpa no es mía, sino de esas compañías déspotas y de este sistema esclavista, que abusa de las necesidades de la gente. Primero las empobrece y luego las subemplea.
Lo normal es que encima llamen en el momento menos oportuno, durante el trabajo, en la siesta, o cuando estás haciendo algo tan interesante para ti como es escribir, aunque sea algo como esto que ahora estás leyendo. —No, no me acaba de pasar. Pero sí hace un rato, en la siesta, la cual me han roto, y a eso se debe esta diatriba.

Lo que suelo hacer es escuchar sus amables palabras, pervertidas de sentimientos falsos, y espetar que “lo siento, no quiero publicidad” y colgar sin dar ocasión a respuesta.

A todo esto, ¿dónde está la ley de protección de datos? Seguro que hay una forma racional de enfrentarse a estas agresiones, pero no sé si merece la pena el tiempo y el trabajo que requieren. Lo más fácil es actuar como hago a menudo, cuando me huelo el percal, simplemente cuelgo y a otra cosa, mariposa.
Otra forma es tomarlo a diversión y contestar de forma creativa. Algo parecido a lo que escuché a un compañero en una de estas intromisiones. Le dijo al que le llamaba al móvil: “Lo siento, yo solo soy el jardinero, el señor está de viaje y no regresará en un mes”.

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