Cristóbal Medina

Tocada y ¿hundida? la lengua de Cervantes

FECHA

Generalizando, el idioma castellano es simple y hermoso. Su escritura es casi transparente, siendo fonética, salvo excepciones. El caso es que esas excepciones lo complican un poco, yo creo que innecesariamente.
Lo complica el que el mismo sonido pueda escribirse con la letra ge y con la jota, o con la uve y la be, la ka y la ce, la ce y la zeta, o el que la letra hache no se pronuncie, y también las ilógicas reglas de acentuación, que obligan a colocar tildes gráficas en las palabras agudas y que terminen en vocal, ene o ese y en las llanas cuando no terminen así. ¿Todo esto por qué? Si estiman mi opinión les diré que yo pasaría de ello y escribiría cada sonido con una sola grafía y las tildes las colocaría siempre y únicamente en todas las palabras que no sean llanas. Con ello simplificaríamos la escritura y evitaríamos, entre otras cosas, el Reino de los Horrores a que nos tienen sometidos las redes sociales, donde cada cual escribe lo que le sale del/de los c… (completar los puntos dependiendo de que el/la lector/a sea hombre o mujer).
Pero es que yo no soy quién, no pertenezco a la Real Academia de la Lengua, y no puedo proponer los cambios necesarios y… ¿lógicos?
Al respecto, haré una pausa, pues no me resisto a no contar una sabrosa anécdota que me hizo sonreír hace muy poco, aunque no sé si es real o fabricada. He visto en esas “malditas y entretenidas” redes sociales cómo un usuario le reprochaba al académico Pérez-Reverte que escribiera “grafiti” cuando lo correcto es “graffiti”, a lo que respondía el siempre airado escritor, que lo correcto es “grafiti”, ya que él mismo lo introdujo en la última versión del diccionario de la R.A.E. (“zas, en toda la boca”).
Foto de su Twitter
Retomemos. Si la complicación ortográfica tradicional no fuera suficiente, ahora hay que sumarle la catastrófica invasión del idioma inglés sobre el nuestro, de la cual no nos estamos defendiendo. Con ella la lengua castellana ha quedado muy tocada, y está a punto de hundirse y desaparecer para siempre. No soy pesimista, tan solo realista y basta con ver la dirección que está tomando el asunto.
El ejemplo lo tenemos en el Spanglish de los EE.UU. Las primeras generaciones de los inmigrantes latinos mantuvieron su lengua, pero poco a poco fueron incorporando palabras innecesarias, ¿me comprendes brother?, creando una lengua híbrida, a la que no le espera sino desaparecer en generaciones siguientes, ya que es irracional e innecesaria. Es decir, primero se olvidarán del Castellano y luego del Spanglish.
Pues, sin darnos cuenta, eso mismo nos está ocurriendo a nosotros y esta aberración cuenta hasta con el apoyo institucional, ya que a nuestros próceres se les ha ocurrido la idea de que todos debemos ser bilingües en Inglés y paleto el que no lo sea. Ya saben, por eso de la movilidad de la mano de obra, que deberá desplazarse allá donde el capitalismo lo exija, o porque han decidido que todos acabemos siendo camareros y nuestros clientes vendrán del norte. El Spanglish español (valga la rebuznancia) conlleva no solo que incorporemos palabras de las que carecíamos, como pendráiv, sino aquellas otras que no nos hacen falta, por tenerlas castizas -como llamar jol al zaguán-. Y lo peor no es esta incorporación masiva e irreflexiva, sino que además hay que saber cómo se escriben en origen, lo cual ha añadido otra complicación a la escritura de nuestra lengua.
Pongamos ejemplos: La hache ha dejado de ser siempre muda, ahora unas veces lo es y otras no, como ocurre con nuestros hermanos del Sahara (seguramente usted habrá leído “ermanos del sájara”). Obsérvese que en este ejemplo incluso hacemos esdrújula una palabra llana sin tildarla. Nuestros hijos y nietos tendrán que aprender que unas veces se escribe rana y se lee rana y otras running y se lee ranin. ¿Y qué me dicen si pronunciamos léguins pero escribimos (in)correctamente leggins, o sea leg-jins). ¿Qué problemas tenían las mallas?
No es necesario extenderse en ejemplos: Smartphone, share, Google, prime time, cupcakes…
Solución (clara y diáfana): No aceptemos más barbarismos de los que necesitemos, y los que adoptemos sometámoslos a las reglas de nuestra ortografía (ahí tenemos por ejemplo el güisqui). O sea, que hablemos en castellano o en inglés, según con quién lo hagamos, y enterremos el maldito híbrido. Otra anécdota breve que viene a propósito. Se cuenta de un filósofo español, o científico, que no recuerdo de quién se trataba, y tampoco puedo garantizar que no sea inventado, que en una conferencia pronunció una palabra inglesa castellanizada, a lo cual un oyente se atrevió a corregirle su pronunciación. Pues nuestro héroe acabó de dar la conferencia en un perfecto Inglés (otro “zas, en toda la boca” apoteósico).
En fin que tenemos el idioma tocado, no me cabe la mejor duda, y acabaremos de hundirlo como no seamos conscientes del daño que le estamos ocasionando y hagamos algo al respecto. La clave está en la autoestima y en defender algo que merece la pena.
Ahora daré un argumento incontestable para luchar contra esta perversión: Si no hacemos algo, las generaciones que nos sigan dejarán de entender cosas como éstas:
“Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora”.

Fragmento del Cántico de San Juan de la Cruz

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