Cristóbal Medina

Pedro El Justo

FECHA

«La historia la escriben los vencedores». Parece ser que fue George Orwell el autor de esta frase. Sin duda no sería el primero en concebirla, en estar seguro de su autenticidad, ya que es una verdad de Perogrullo.

Pedro I de Castilla (1334-1369) pasó a la historia como Pedro El Cruel. ¿Por qué? ¿Era la crueldad su característica principal? Pues no, no fue más cruel que cualquiera de sus antecesores o coetáneos. Lo cierto es que se le llamó así por haber perdido la guerra con su hermano bastardo Enrique (más tarde Enrique II de Trastámara). En caso de haber vencido Pedro, los cronistas habrían escrito sobre su triunfo y hoy sería conocido como Pedro el Justo o como Pedro el Justiciero, apodos que también tuvo. Si Enrique hubiera fracasado, ahora su sobre nombre sería Enrique el Fratricida.

Una descendiente de este último, una tal Isabel, no sería llamada la Católica, sino la Pérfida —o algo parecido— en el caso hipotético de haber perdido la guerra civil que sostuvo contra los nobles que apoyaban a la hija de su hermano Enrique IV. A esta, mira por dónde, al ser derrotada se la conoce como la Beltraneja, atribuyendo su paternidad a don Beltrán de la Cueva, en lugar de al rey Enrique, bautizado para la posteridad como El Impotente.

¿Es esto razonable? Desde luego que no. Pero más grave es que los siglos transcurridos y las verdades acreditadas por la ciencia histórica no hayan servido para quitar la ignominia a los perdedores de las guerras. Bueno, están tan distantes que nos da igual.

Pero no nos debería dar igual con acontecimientos recientes. Un caso gravísimo y se puede decir que actual, pues pertenece a la Historia Contemporánea, es que aún exista en la mente colectiva de una gran parte de la población española la mentira de que la II República fue un periodo negro, gobernado por comunistas que puso en solfa a la civilización occidental y abocaba al desastre.

La II República fue un sistema democrático, abortado por el golpe de estado de unos militares que se aliaron con los privilegiados, para que no se acabara su predominio social. Los ganadores de ese horror incivil llenaron de perdedores las cárceles y los campos de concentración —sí, campos de concentración, similares a los de sus correligionarios nazis—. Luego tuvieron cuarenta años de represión durante los cuales reescribieron la historia a su antojo, queriendo justificar la sinrazón de la guerra preventiva que provocaron.

Pasaron por alto todos los logros, muchos, en la educación, en la igualdad, en la cultura, en la justicia social, en el reparto de tierras para los desheredados, etc. Cierto es que en ese corto periodo hubo violencia. La hubo por la extrema izquierda y por la extrema derecha, pero solo se necesitaba a la policía para contenerla, de la misma forma que la democracia reciente contuvo en terrorismo con medidas policiales y no con bombardeos. La II República era una república burguesa, donde había alternancia de poder y libertad de pensamiento. ¿Estalló una revolución socialista en el 34? Pues claro, y la República la reprimió enviando a su ejercito a Asturias, con un militar de nombre Francisco Franco al mando. Un general que servía a la República y luego cometió el acto de felonía de traicionarla.

Este generalito —él prefería generalísimo—, bajo de estatura, de voz atiplada y acomplejado, se puso al frente de la revuelta fascista y «por suerte para él» fueron desapareciendo los otros generales que podían hacerle sombra como Sanjurjo o Mola. Después volvió a traicionar a quienes había prometido la restauración monárquica para acaparar todo el poder en una dictadura del tipo «to’ pa’ mí».

Una vez «cautivo y desarmado el ejército rojo», se agarró al sillón de su jefatura y no se dejó pisar el mando, muriera quien tuviese que morir. Tanto enemigos del campo de batalla como antiguos camaradas que ayudaron a subirle a las tarimas donde nadie se atrevía a reír de su voz atiplada. Entonces sus sumisos acólitos, muchos de ellos con fervor de camaradería, escribieron la historia de la nefasta república y el heroísmo de su salvador, a quien no se cortaron en igualar a los legendarios romanos, a los estupendos Reyes Católicos y al simpar Felipe II.

Pero, cuidado, seamos conscientes de que quién ganó al final es la democracia que, aunque imperfecta, es heredera de la II República. Rompamos los lazos que dejó «atados y bien atados» el fascista. Luchemos por reestablecer la dignidad de ese periodo histórico frustrado y tan prometedor. Que no nos pase como con Pedro I de Castilla el Justo, que está en los libros de historia con un apodo «de cuyo nombre no quiero acordarme». No necesitamos retorcer los hechos, como hacen fanáticos politizados del estilo de Pio Moa. Nos sobra con dar voz a los científicos historiadores. Nos basta con la verdad.

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