Cristóbal Medina

No aprendemos

FECHA

El libre albedrío, sobre el que tanto debatieron en tiempos medievales teólogos y filósofos, es una de las características más propias del ser humano racional.
Los animales están determinados por el instinto. Son instintos primarios los que les gobiernan de cara a la supervivencia, la comida y la reproducción. Y son otros instintos también los que les guían hacia la violencia o el juego. Pero el ser humano, que es libre de hacer lo que quiera, es capaz de lo mejor y de lo peor. Entre lo mejor está el amor desinteresado, el cuidado de los demás o las expresiones artísticas. Entre lo peor está el daño a sus semejantes.
Desde que la ciencia histórica nos puede contar los hechos, nos narran guerras, saqueos, matanzas, violaciones, destrucción… E incluso antes, las pinturas prehistóricas, ya nos muestran escenas de batallas. Es, por tanto, algo que está envenenando desde siempre el comportamiento de la humanidad, libre, y dueña del mundo. ¿Pero si somos libres, por qué seguimos haciendo guerras? Tengo mis respuestas, claro, pero no voy a darlas, tan solo quiero hurgar en la herida.
Una niña pequeña sacada de los escombros de un bombardeo en Siria, pateras y embarcaciones de gentes huyendo del horror, niños mutilados por bombas, países ricos impidiendo que escapen de la guerra quienes sólo quieren vivir. Ciudades arrasadas, muros levantados, bombas “inteligentes”. Francotiradores, batallas urbanas, saqueos, violaciones, torturas, mutilaciones, envenenamientos, zancadillas, tiranos, matatiranos… No son datos históricos, son portadas de periódicos de actualidad.
Hoy saco de mi cajón otro de mis poemas, que ya estaba cubierto del polvo de los años, pero cuya actualidad, por desgracia, nunca pasará. Hasta que el ser humano sea totalmente destruido por sí mismo. Es un canto a quiénes van en contra de las convenciones sociales, a los valientes desertores. Porque los otros valientes, los que hacen lo que se espera de ellos, que es intentar sobrevivir matando, no son tan valientes, tan solo son los tontos útiles, a los que se denomina héroes, por recompensar su estupidez. Ejemplo de ello lo tenemos en esos pechos inflamados de ardor guerrero que se confiesan novios de la muerte. Yo contradigo a su fundador y le doy la razón a quién se le enfrentó dialécticamente: “Viva la inteligencia y muera la muerte”. Ninguno de los que han vencido, han convencido, ya que ninguna guerra sirvió nunca para nada. Al final, después de dar la vuelta a la tortilla, arriba quedarán los ricos opulentos y abajo los pobres desgraciados.
 He tratado de reflejar gráficamente en mi poema el cansancio de milenios de violencia, que va agotando la voz del poeta, al cual aún le quedarán energías de gritar en los últimos estertores de la agónica vida de la humanidad.
Antes de que se agote mi voz.
¡Maldito sea el perro que desentierra
el hueso roído de la cruel guerra!
A los muertos en la batalla
se los tragan fosas comunes
y los cubre un árbol suicida,
que bajo tierra se alimenta
con sucia savia, ennegrecida
por cadáveres que fermentan. 
Nuestros amos exigen
que demos nuestra sangre.
Nos piden que luchemos
por patrias y por reyes,
y añaden que debemos
pelear por nuestras leyes.
Pero nosotros
nada ganamos.
Solo industriales
que armas fabrican
y generales
que prevarican.
¡Canallas
que guerras
persiguen
y en ellas
consiguen
estrellas!
Hoy
se cierne un
cielo plomizo.
Gritaré, si agonizo,
en mis últimos estertores:
¡Que vivan los valientes desertores!

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