Cristóbal Medina

Mi vocación de escritor

FECHA

Lo que sigue debe ser tratado como secreto de confesión, ya sea el lector creyente o no, porque revelaré cosas que no he dicho nunca en público. Este artículo es largo, así que espero que ese sea un motivo para que tú, amable lector, abandones aquí y no te adentres en mi intimidad.

Bueno, pues ya que no te vas, seguimos. Es habitual que los escritores, y las escritoras, declaren que lo suyo es una pasión de siempre, que nació en la infancia. No es mi caso. Durante gran parte de mi vida ignoré por completo que lo que me gustaba de verdad era escribir. Por esta razón he tenido que hacer arqueología de mi vida para trazar mi vocación, oculta a mi propio entendimiento. Estos son los hitos:

En la preadolescencia —unos once años— se me ocurrió escribir un diario donde contaría lo que me aconteciese. Con dos o tres entradas me di cuenta de que era absurdo, pues en el día a día todo es rutina y, además, no tenía perspectiva para trazar ningún relato. Entonces opté por hacer una historia de mi vida, de mi corta vida, como preámbulo a lo que luego sería ese diario. Pero mi vida no era rosa, sino verde, amarga; yo no era feliz, estaba acomplejado y era muy tímido. Como esos escritos estaban dirigidos a mí, y a nadie más, me hablé con sinceridad. Fue todo un desahogo que me dio la posibilidad de tener consciencia de mi situación. Aquellos escritos, en un pequeño cuaderno de alambres, se los dejé leer a un par de amigos, con mucho sonrojo, pero con la pretensión de que me pudieran comprender y tal vez compadecer. Por supuesto que eso no ocurrió, aunque yo me sentí liberado y pude guardar ese cuaderno en el fondo de un cajón.

Otro recuerdo de aquella época gira en torno al teatro, del que llegué a ser actor aficionado, aunque aquí omitiré ese episodio. Un poco antes de eso, a los muchachos del barrio se nos ocurrió hacer una representación en el garaje de uno y yo me sentí capacitado para escribir la obra de teatro. Lo hice, la ensayamos y la representamos, cobrando entrada a familiares y amigos. Luego esa obra la reescribí cuando ya era actor y se representó en un escenario de verdad. Pero no me enteré de que eso me convertía en escritor.

La relectura años después de mis primeros «diarios» me llevó al deseo de escribir de nuevo. Entendí cosas que entonces no comprendía y me di cuenta de que algunas ideas allí reflejadas las había cambiado por completo, así que me embarqué en algo más ambicioso, una historia de mi vida, tomando como partida aquellos escritos personales. Esto me llevó a relatar los acontecimientos que me marcaron hasta llegar a mi vida adulta en los veintitantos años. Llené muchos folios, numerados y a bolígrafo. Los guardé, pensando que podrían servirme cuando llegase la vejez y quisiera reconstruir mi existencia.

Por entonces, seguía sin saber que era un escritor, mi verdadera vocación era el dibujo, pero la falta de cualidades me impidió todo éxito, a pesar de haberlo intentando. Este es otro capítulo que ahora voy a pasar también por alto.

Durante el bachillerato (BUP) tuve la suerte de tener un profesor de lengua y literatura de esos que motivan. He hablado de él en otras ocasiones y lo omitiré en esta para no alargar más mi relato. Me hizo amar a los clásicos de la literatura castellana y entender el oficio de escritor, el valor de las palabras y su belleza.

Estudié Geografía e Historia en la UNED, comenzando con 26 años, cuando ya tenía un trabajo estable y una familia. En la UNED no había clases, solo tutorías de una hora a la semana y no en todas las asignaturas. Los tutores solo tenían la función de orientar, aunque algunos se excedían y nos daban unas magistrales clases magistrales. Una asignatura muy exigente era de literatura castellana y la amé.

El curso se dividía en dos semestres y cada asignatura tenía un examen de carácter finalista en el que se preguntaba sobre 36 temas, pues eran 72 cada curso. Teníamos unos manuales en los que se desarrollaban los temas, que ocupaban entre 30 y 60 folios cada uno, además de los libros de lectura recomendada. El examen, normalmente, consistía en una serie de preguntas breves y el desarrollo de un tema amplio. El que cayera. Para ello daban dos horas. En 10 o 15 minutos yo tenía contestadas las preguntas y el resto del tiempo se lo dedicaba al desarrollo del tema. Intentaba que me sobrasen unos 10 minutos al final para corregir las posibles faltas de ortografía y errores. Me di cuenta, en esas relecturas rápidas, de que era capaz de escribir de forma estructurada, clara y precisa, y mi recompensa eran buenas notas.

Bueno, no siempre. Ante la imposibilidad de llevar estudiados los 36 temas, debido a mi jornada laboral y las obligaciones familiares, en ocasiones me tocaba algo que no había estudiado y ni siquiera leído. Pero nunca dejé las hojas en blanco, aprovechaba esas dos horas para escribir y, ante mi sorpresa, podía estarme escribiendo ese tiempo, sin saber absolutamente nada del tema y también sin decir tonterías. Al final la nota no era buena, pero aprobaba.

Lo ilustraré con algún ejemplo. Recuerdo que me cayó en Historia Antigua «El Imperio Medio de Egipto». No había leído, y menos estudiado, nada sobre Egipto en ese semestre. Eché mano a la idea que tenía de la época y el lugar, situé cronológicamente el periodo, arriesgando el error, y escribí al menos cinco o seis folios. ¡Bingo! Aprobé.

Hay otro tema del que tengo más vivo recuerdo, era de Historia Medieval: «El reino normando de Sicilia». Pero ¿hubo normandos en Sicilia?, ¿cuándo?, ¿por qué? Organicé mis ideas. Sabía que en Francia estaba Normandía, un reino establecido por los hombres del norte, normandos o vikingos. También sabía que el norte de la península Ibérica había sido asolado por estos invasores, por lo que deduje que continuaron devastando las costas portuguesas y llegarían al estrecho de Gibraltar. Una vez introducidos en el Mediterráneo, conquistaron la gran isla y establecieron en ella un reino normando, posterior al de Francia. Sí, sí, no había duda, ese reino normando existía, estaba en el encabezado de la pregunta. Sin ser demasiado preciso en datos ni nombres, establecí un relato coherente que volvió a asombrarme en la relectura: ¡estaba muy bien! Aprobé, claro.

Luego, en un largo periodo de mi vida, fui opositor a profesor de enseñanza secundaria. Son unas pruebas estresantes por las que tenía que pasar cada dos años. La parte escrita era muy similar a los exámenes de la UNED y la experiencia fue también reveladora: aprobaba los exámenes escritos y cuando tenía que leérselos al tribunal me daba cuenta de que estaban bien redactados. La pena es que no ocurriese lo mismo con los orales, en los que siempre suspendía.

Aun así, seguía sin darme cuenta de que se me daba bien escribir. Fue casi con cincuenta años cuando lo descubrí, al rendirme, al abandonar las oposiciones, cansado del estrés y el esfuerzo, y siendo consciente de que era más cómodo mi trabajo burocrático que el de profesor, del que llegué a tener experiencia práctica al ejercer como interino. El tiempo libre que me quedó al dejar de prepararme las oposiciones se me ocurrió emplearlo en escribir una novela. Y lo disfruté como un niño en un parque de atracciones. El organizar su estructura y el ver cómo iba creciendo me hacía feliz. Encontré una editorial de impresión bajo demanda y la publiqué, se titulaba «El Inmaterial». Yo mismo tenía que subirla a Internet, hacía la maqueta y le componía la portada… es decir, todas las labores de edición. Luego imprimí algunos ejemplares y se los vendí a amigos y familiares. El hecho de tenerla en la plataforma me ofrecía la posibilidad de corregir continuamente. La releía y, cada vez que veía algo mejorable, lo cambiaba y volvía a subir la nueva maqueta. Diez años después, en 2018, realicé una versión más pulida y con portada profesional, que aún puede comprarse.

La segunda novela es otra historia y las que vinieron después también. Ya tenía el gusanillo, pero, cuando alguien me trataba como escritor, yo me consideraba un farsante y me sonrojaba. Tan solo era un impostor que había logrado ser feliz escribiendo. Hasta que me di cuenta de que me leía gente desconocida y que había quién preguntaba por mis libros en las librerías y en las bibliotecas; también me llegaban opiniones y reseñas. Es entonces cuando creí que en verdad era escritor. O un humilde escribidor, que no quiero parecer pretencioso.

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