Cristóbal Medina

Los brutos

FECHA

En el colegio hubo tiempos mejores. Los niños y las niñas jugaban en el patio de recreo a lo que les apetecía. En una esquina se organizaban partidos de fútbol y alrededor de una canasta había torneos de baloncesto. Algunos corrían sin sentido y otros saltaban a la goma o a la cuerda, sin importar que se mezclaran niños y niñas. También los había que simplemente paseaban y hablaban.

Pero llegaron los brutos. No eran muchos pero tenían muy mal carácter. Comenzaron por poner zancadillas a las niñas y por interrumpir las competiciones de baloncesto. Un día decidieron que solo se podría jugar al fútbol y aquellos que no estuvieran entre los elegidos para formar los equipos, deberían hacer de espectadores para vitorear y animar en los partidos. La mayor resistencia la opusieron los que jugaban al baloncesto.

Los maestros les dejaron hacer a los brutos, e incluso los apoyaron, ya que a ellos les gustaba más el fútbol. La situación se tensó tanto que, durante un torneo de baloncesto, se presentaron por sorpresa los brutos y hubo una pelea multitudinaria. La batalla campal se alargó. En principio los bandos estaban equilibrados, pero el resto de niños y niñas se vieron obligados a decantarse por unos u otros.

Los brutos se emplearon a fondo. Organizaron muy bien la estrategia de lucha, ya que estaban acostumbrados a acosar a los demás y terminaron por imponerse. Ganaron los brutos e impusieron su ley. Hubo muchos de ambos bandos que acabaron con hematomas e incluso heridas abiertas, sobre todo de los perdedores.

A partir de aquel momento ya no se podía jugar a otra cosa que no fuera fútbol. Cualquier porción del patio era un campo de fútbol y en todo momento que hubiera un partido el resto de los niños y niñas debían estar como espectadores. Cuando salía alguno que se resistía a participar, lo acosaban un par de brutos y de una paliza lo obligaban a ser espectador.

Aquello se convirtió en algo normal. Se aceptó la situación y, a la hora de salir al patio, durante mucho tiempo el fútbol fue la única actividad permitida.

Uno de los niños, que antes jugaba al baloncesto, se enfrentó valientemente a un grupo de brutos y les dijo que él era más pequeño que ellos y que, en cuanto se marcharan del colegio, todo volvería a ser igual. Cada uno jugaría a lo que quisiera.

Los brutos se juntaron para hablar, después de que unos puñetazos y puntapiés acallaran al que había protestado. Tomaron una decisión. Eligieron a un grupo de antiguos jugadores de baloncesto y les obligaron a trepar a una de las canastas, para que desatornillaran el aro y pintaran con rotuladores un cartel que decía: «En este patio se va a jugar siempre al fútbol».

Esa canasta con el cartel aguantó hasta que los brutos se hicieron mayores y se marcharon del colegio.

Poco a poco el patio volvió a ser un campo de juego multidisciplinar, como había predicho el niño rebelde, aunque nadie se atrevió a quitar el cartel de la canasta de baloncesto. Canasta que  se iba deteriorando paulatinamente y, en poco tiempo, si no se repintaba, acabaría por tener ilegible el cartel.

«Eso es injusto». Pensaron algunos que no había derecho a que fuese el tiempo el que acabara con el recuerdo de esos brutos o que vinieran otros para  repintarlo y así perpetuar su memoria. Así que se organizaron unos cuantos y, atando una cuerda, derribaron la canasta de baloncesto y astillaron el cartel. Los seguidores de los brutos, ahora en minoría, tuvieron que aguantarse.
—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. No has hecho lo que yo había pedido, la redacción tenía que tratar sobre el Valle de los Caídos.

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