Cristóbal Medina

La conspiración de los idiotas

FECHA

«En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira», escribió en una célebre cuarteta Ramón de Campoamor. Esta relatividad en la mirada, que se basa en la duda como método de conocimiento, parece que hoy en día no tiene muchos seguidores. Al menos son demasiados los que de forma intransigente quieren imponer su verdad, porque estiman que, sin duda alguna, es la única verdad. Y para ello están dispuestos a matar o morir.

Son muchos los ejemplos, pero uno muy penoso lo acabamos de vivir en el mes que inaugura este año 2021. Una parte de los seguidores de Donald Trump creen con los ojos cerrados que ha habido fraude electoral y que a su líder intachable le han arrebatado la presidencia de los Estados Unidos un grupo pérfido de pederastas y criminales. Tienen fe en su palabra, porque quieren tenerla, ningún argumento contrario les hará cambiar de parecer. Así han intentado boicotear la designación como presidente de su contrincante, Joe Biden, realizando un asalto al Capitolio, armados hasta los dientes, que ha tenido como balance cinco muertos.

Cuando no se puede demostrar algo, se apela a la fe de los demás, «creedme, porque lo digo yo», punto. Aznar pidió que lo creyeran, que había armas de destrucción masiva en Irak. Él sabía que era mentira y que no podía ofrecer pruebas, pero logró que muchos tuvieran fe en él y apoyaran la guerra de 2003, con la que además el mundo iba a prosperar, según nos explicaba también. Las nefastas consecuencias, por no hablar de todo el sufrimiento que provocó, aún las estamos padeciendo casi veinte años más tarde.

De la fe de los incautos se aprovecharon muchos de los gobernantes de todos los tiempos. Desde el mismo Hitler, prometiendo la superioridad de su raza imaginaria, a Kim Jong-un, de Corea del Norte, pidiendo ser visto como un prodigio de la naturaleza.

Todo lo que no es susceptible de ser demostrado —y por algo será— es requerido a través de una fe ciega. Y no hay más ciego que el que no quiere ver, según el dicho español. Así los terraplanistas, por más fotos de la Tierra que vean sacadas desde el espacio no creerán a los astronautas y vivirán en un mundo plano. Esto puede parecer inocuo, pero la historia nos ha demostrado con creces todo el sufrimiento que ha provocado la fe. Cuántas hogueras se han encendido en su nombre y cuántas guerras han asolado a la humanidad porque «mi dios es más dios que tu dios».

El último ejemplo del daño que ocasiona la fe ciega lo tenemos en los anti vacunas. Siempre intento ser correcto, no me gusta insultar gratuitamente a nadie, pero aquí no puedo evitar pensar en ellos como idiotas. Ofrecen muchos argumentos pseudo científicos que «demuestran» su verdad; pero esa verdad es solo suya y se necesita fe para creerla, ya que no contrastan su teoría con la ciencia y su método. Al menos si tuvieran un poco de cultura histórica sabrían cómo las vacunas nos libraron de la viruela o cómo cada año nos evitan la gripe. La COVID-19 es una terrible pandemia que se ha llevado por delante a cientos de miles de personas. La vacuna se ha demostrado eficaz, existen las suficientes garantías y es el único remedio para acabar con ella. No lo digo yo ni ningún iluminado, lo dicen los científicos y las experiencias que han llevado a cabo. Pero la fe de algunos en paparruchas les pone a salvo de que con la vacuna les inoculen un chip. En este caso no puedo decir «allá ellos», sino «pobres de nosotros» que compartimos vecindad con los idiotas.

Resulta que los anti vacunas creen que existe una conspiración y que nos manipulan. Si se parasen a pensar —algo ajeno a su idiosincrasia—, se darían cuenta de que no hay nadie más manipulable que quien tiene fe. Las sectas son la prueba evidente de esta afirmación, ya que han logrado en casos extremos incluso suicidios masivos de sus adeptos, entre otras muchas aberraciones.

En fin, para acabar, no crean nada de lo que he dicho, no tengan fe en mis palabras ni en las de nadie. Piensen e infórmense.

LIBRO RECOMENDADO:

        La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

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