Cristóbal Medina

El placer de la lectura

FECHA

En España no se lee, digan lo que digan. El pasado lunes asistí a una interesantísima conferencia del editor de Impedimenta, Enrique Redel, y dio unas cifras que verdaderamente desmoralizan. Existen en nuestro país unos 20.000 lectores, considerando tales a los habituales, los que al menos leen un libro al mes. Por el contrario señaló un ejército de escritores que rondan los 40.000. También dio cifras astronómicas del número de libros editados, pero no entraré en ello.
En España no se lee, ni se ha leído tradicionalmente. Si antes en parte era por el analfabetismo atávico, ahora en gran parte es por el analfabetismo tecnológico. Todo el mundo “lee” y “escribe” en dispositivos electrónicos: WhatsApp (multiplicando al infinito las faltas de ortografía), Twitter(limitando al mínimo los conceptos), Facebook(felicitando cumpleaños, haciéndose eco de noticias no contrastadas y distribuyendo cadenas de estupideces), Instagram(fotos, poses…). Pero en España no se lee.
Salvando a los profesionales de la enseñanza motivadores los hay y los ha habido siempre, unos cuantos se han empeñado en causar alergia a los alumnos hacia los libros. Un adolescente no puede leer el Quijote o La Regenta. No lo entiende, le aburre y le hace identificar a la buena literatura como un peñazo, una tortura.
La literatura debe ser, en primer lugar, un elemento de disfrute. Permítanme que me auto plagie en unas líneas del discurso que realicé en la III edición de los premios “La sombra del ciprés”:
La literatura debe bajar del altar en el que se ha instalado, por el prestigio y respeto que a lo largo de la Historia ha ido adquiriendo. Debemos devolverla a sus orígenes, porque la literatura debe ser, en primer lugar, un elemento placentero de disfrute, lo cual no quiere decir que deba estar reñida con la calidad.

El ejemplo está en los clásicos. Tanto El Quijote, como otras obras que nadie discute hoy en día —mencionemos también El Lazarillo de Tormes— se escribieron para divertir a los lectores. Sí, Cervantes jamás llegó a imaginar, mientras lo escribía, que pasaría a la historia por El Quijote, en lugar de por otras obras suyas “más serias”, como La Galatea.

El hecho de que en nuestros días, a primera vista, no descubramos esta cercanía con las obras clásicas, no se debe más que al envejecimiento del idioma y costumbres que dificultan su comprensión. Pero en su día, el Ingenioso Hidalgo, era leído con jocosidad. O escuchado por los analfabetos de manos de aquellos generosos que podían leer en voz alta para regocijo de todos.

Hace unos días, mi amigo César Díez Serrano, en una conferencia dentro del ciclo de la Biblioteca Pública de Ávila titulado “El donoso escrutinio”, salvó de la quema a tres autores británicos. Arthur Conan Doyle Sherlock Holmes, J.K, Rowling Harry Potter, J.R.R. Tolkien El señor de los anillos o El Hobbit. Su argumento, que comparto, es que son obras que fabrican lectores, habiendo sido capaces de lograr que los adolescentes abandonaran los dispositivos electrónicos por la lectura en papel. Y que lo disfrutesen y les apasione. Hubo quien, con buen criterio, apostó en esa conferencia por guiar también a los adolescentes hacia lecturas de calidad, ya que, por ejemplo, dijo esa persona en cuestión: «aquellos que se enfrascan en ‘basuras’ tales como la saga Crepúsculo, no llegarán a hacerse lectores nunca». Yo estoy de acuerdo en que hay que guiar, sí, explicar también, pero no forzar lecturas que generen rechazo. Ni en considerar ‘basura’ ninguna lectura, pues todas pueden abrir los ojos al apasionante mundo de la literatura. Si la disfrutaron cumplió su función.
Yo abogo porque cada cual elija la lectura con la que disfrute, según una célebre cita de Borges [1], que era la base de la conferencia de César. Ya le llegará a cada cual el momento en que sean capaces de disfrutar otro tipo de lecturas. Me baso en dos premisas.
Una. Que la lectura es un aprendizaje mecánico, similar al de aprender a andar. Ya nadie recuerda sus pasos temblorosos de bebé, que no le llevaban a ningún lugar. Solo la práctica posibilitó, primero, que tuviéramos la autonomía de poder desplazarnos al cine o la habilidad de convertirnos en un corredor de fondo. Ráner los llaman ahora. Solo leyendo, lograremos con el tiempo la habilidad de no deletrear, sino pasar la vista con agilidad por unas palabras que conocemos para entender las ideas que nos transmiten. Sin esfuerzo. Disfrutando.
Dos. La industria del libro es una industria. Perogrullo. Para mantenerse tiene que vender y solo eso les da la posibilidad de tener una estructura fuerte. Series como Crespúsculo ayudan a que esa industria pueda también editar libros de culto minoritarios. Sin esa industria no es posible, porque de vender pocos libros no puede mantenerse.
Libros, industria, papel. ¡Si eso está desfasado! Ahora lo que se lleva es la lectura electrónica. Pues va a ser que no. Según apuntaba también Redel, los libros electrónicos no son más que una moda, pasajera, ya que caducará esa tecnología, dejando obsoleto cualquier aparato, como pasó con el VHS y está pasando con el DVD. El libro electrónico facilita una lectura de consumo, que luego desaparece, ya que las bibliotecas electrónicas no se conservarán. Ni se heredan. Además, la lectura en papel proporciona un mapa mental físico, donde podemos acudir con facilidad para repasar cuándo apareció un personaje en una historia, por ejemplo, entre otras muchas potencialidades que no da el libro electrónico. Como complemento sirve, para no cargar libros en unas vacaciones, pero no como sustituto. La industria editorial es indispensable en la cultura y genera empleo y riqueza. ¿Qué más podemos pedir?
En Francia se lee. En España no se lee, pero no es una limitación natural y podemos cambiarlo. Tan solo hay que explicarle a todo el mundo que existe el libro con el que puede disfrutar. Sea quien sea el lector. Cuando lo tengamos claro, la historia a contar será otra.

[1] Jorge Luis Borges: «Si Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas«.

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