Cristóbal Medina

El parque

FECHA

No solamente jugamos en los recreos del cole, es más ni siquiera en ellos pasamos el mayor tiempo de ocio. Es en el parque donde perdemos la sensación temporal hasta que nos llaman nuestras madres para comer, para merendar, para cenar, para hacer los deberes, para bañarnos o porque ha llegado nuestra tía y quiere restregarnos los morros por la cara.

Antes, el parque no era más que un descampado. Aparte de unos árboles tan solo había hierba raída, pedregales y mucha tierra suelta. Pero en mi barrio, que está en el norte de la ciudad, nos pusimos de acuerdo toda la chavalería y lo adecentamos. Tanto nos entretuvimos, que lo tomamos por un juego, empleando varios días.

Limpiamos de piedras la tierra, delimitamos la zona de hierba. Restauramos las papeleras rotas y en ellas pusimos toda la basura que encontramos. E incluso reparamos la valla, que en la zona inferior era de piedras y por encima tenía una alambrada deshecha.

Pero nos quedamos sin materiales con los que componer la valla e hicimos una exploración y, en el sur de la ciudad, encontramos otro parque similar al nuestro en un principio, cuando todo estaba manga por hombro. Allí había niños que jugaban, sin importarles que nada estuviera limpio y arreglado.

Nos hicimos con unas carretas para llevamos unas piedras, pero pesaban tanto que obligamos a algunos de los niños del parque del sur a ayudarnos a cargarlas. Luego les hicimos empujar las carretas. No querían, claro, pero nosotros éramos más brutos y teníamos palos. Después de zurrar a algunos de ellos, nos los llevamos, asustados y llorando. Les obligamos a ellos a hacer el trabajo pesado y a colocar las piedras en la valla. También tuvieron que limpiar el césped, adecentar las zonas de tierra, podar los árboles…

Tuvimos que ir a por más niños, ya que no veíamos la forma de acabar. Organizamos otras expediciones y los trajimos a la fuerza. Con su ayuda terminamos todos los trabajos. El nuestro tan solo era controlarlos.

Por fin conseguimos un parque impecable. Con sus canchas de fútbol y baloncesto. Los setos recortados que cerraban el césped, donde podíamos tumbarnos a descansar. Las fuentes con agua, la zona donde se podía jugar a la comba o a las canicas, e incluso los toboganes y columpios restaurados.

Pero algunos de los niños a los que forzamos a ayudarnos, cuando volvieron a su parque, quisieron hacer lo mismo y ya no podían. Les faltaban piedras para completar su valla, y no tenían alambres para cerrarlo. Los columpios estaban desbaratados, porque nos habíamos llevado las piezas para recomponer los nuestros. Ni siquiera tenían agua para regar su césped.

Parte de ellos se fueron entonces del parque del sur al del norte. Al principio ni nos dimos cuenta, pero luego comenzamos a ser conscientes de los intrusos y cerramos las puertas, dejando para vigilarlas a los más brutos del barrio y para que impidieran que siguieran viniendo invasores.

Pero continuaban llegando, cada vez en mayor número, e intentaban saltar la valla, a la que habíamos puesto pinchos, para dificultarles la tarea. Si alguno se colaba y era detectado, después de una paliza era devuelto en caliente. Pero el efecto llamada de los que habían logrado entrar a jugar en nuestro parque fue creciendo y no había manera de pararlo.

Entre nosotros se crearon grupos más extremistas que quería devolver a todos los intrusos a su mísero parque. No había derecho, decían, a la invasión. Pero otros pensábamos que era injusto que unos lo tuviéramos todo y otros nada, sobre todo cuando gran parte lo habíamos robado. La solución no radicaba en impedir el paso, ya que era imposible, sino en ayudar a los niños del parque del sur a tener un área de juegos tan bonita como la nuestra.
—Mal, muy mal —le dijo el maestro al niño que acababa de leer lo que había escrito—. Has vuelto a irte por las ramas y a no hacer la redacción como yo había pedido. El tema de hoy era la invasión migratoria.

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