Cristóbal Medina

El hacha de guerra

FECHA

Ya había pasado los rituales de iniciación y era un hombre a la vista de los habitantes de la Sierra de las Águilas. Con mi nueva libertad, y con la excusa de una cacería en solitario, podría volver al Bosque de los Mamuts donde la vi por primera vez, cuando aún éramos niños. Tenía sus cabellos como las hojas de los árboles en otoño y se movía como una gacela. Apenas nos entendimos, pues hablaba una lengua extraña, pero ella y su hermano mayor, al que llamé Peña por su la cara rugosa, estuvieron enseñándome el río donde se bañaban. Varios días estuvimos jugando y corrimos como ardillas, mientras los cazadores hablaban sobre las costumbres de los mamuts en verano. El Jefe Ceñudo tenía tanto interés por el sistema de caza de los extranjeros, que demoramos la partida varias lunas.

Transcurrieron los calores de los días largos y después los fríos de los días sin luz. Cuando me encontraba sacando lascas de piedras de sílex, para hacer puntas de flecha, se presentó mi padre y me dijo muy serio que recogiera mis armas, que el Jefe Ceñudo había decidido hacer la guerra. Me iba a convertir en cazador de hombres, siendo apenas aprendiz de cazador de conejos. Lo terrible fue enterarme de que los enemigos eran los habitantes del Bosque de los Mamuts.

Protesté, pero mi padre se enfadó. Los espíritus le habían dicho al hechicero que era necesaria esa guerra para que nuestra tribu no pasara hambre en los días cortos y el Jefe Ceñudo ordenó la expedición. Al Jefe no se le podía llevar la contraria. Cuando le mostré a mi padre mi rechazo por combatir a mi amigo Peña, me dijo que, si yo iba, podría protegerlo de nuestros guerreros, al igual que él me protegería a mí de los suyos. No me atreví a hablar de su hermana Gacela, por quien temía más, ya que, según cuentan los más viejos, las mujeres son las primeras víctimas de las guerras.

Se puso el ejército en marcha y yo con ellos. No me quedó otro remedio. No tenía miedo, pero sentía horror de matar a gentes que no me habían hecho nada. Formamos varios escuadrones de tropas auxiliares de los romanos, esos que primero fueron nuestros enemigos y después aliados. O, más bien, nosotros aliados suyos. El Jefe Ceñudo mandaba el ala indígena para la conquista de todas las tribus del país. Llegamos al castro enemigo, fortificado con unas empalizadas de madera, y comenzó el asedio. Yo no quería luchar, sabiendo que Gacela y Peña estaban entre los sitiados. Me conminé a protegerlos, aun a costa de dar mi vida por ellos.

De vez en cuando salía de las murallas un destacamento de moros y nosotros, dando vivas al Apóstol Santiago, enfrentábamos una tropa similar. Tuve mi bautizo de sangre. No participé en todas las refriegas, pero hube de salvar mi vida matando hombres, como antes mataba animales en las partidas de caza. Nosotros pedíamos ayuda a Dios y ellos a Alá. Nuestras máquinas de guerra no conseguían derribar sus murallas de piedra sólida. Temía que, si encontraba a mi amigo Peña en la campa, no tuviera tiempo de preguntarle por su hermana antes de que me atravesase con su espada. O yo a él.

Después de tres meses de asedio y con las murallas derribadas por nuestra artillería, iniciamos un ataque masivo, cargando los mosquetes de la primera línea de combate y preparando las bayonetas para el cuerpo a cuerpo. Nuestra victoria era segura, pues ellos estaban hambrientos y enfermos, mientras que nuestras filas fueron bien abastecidas desde la retaguardia. Sabía que después vendría el saqueo, el pasar por pelotones de fusilamiento a los hombres y la violación de las mujeres. Y yo estaba entre los victoriosos asaltantes. ¿Podría aún salvar la vida de Gacela y su hermano Peña?

Todo estaba desolado. Nuestra aviación cumplió su papel dejando en ruinas la práctica totalidad de los edificios. Desde que la guerra no afectaba solo a los ejércitos, sino también a la población civil, el horror se multiplicaba. Había cadáveres sin enterrar por todas partes. Se combatía de calle a calle. Nuestros carros blindados disparaban sus obuses contra cualquier cosa que se moviese. Habíamos arrasado la capital enemiga. Pero aún necesitábamos que se rindieran oficialmente para obtener la paz.

Debo admitir que, desde que iniciamos la invasión, nuca tuve claro que sobreviviría. Intenté recordar el motivo por el que todo comenzó y la paz había sido la razón esgrimida por el Jefe Ceñudo para hacer la guerra. Logramos nuestro objetivo, pues ya teníamos a la vista la paz. Sentía una inmensa alegría de que pronto acabase todo. Estuvimos a punto de utilizar armas químicas e incluso bombas nucleares, para machacar al odioso enemigo. Pero nuestra táctica de tierra quemada logró la victoria sin necesitarlas. Era una guerra legal.

Me obligaron a adentrarme en los túneles del metro para buscar a las ratas enemigas en todos sus escondrijos. Pensé que sería trágico morir cuando ya habíamos vencido. Entonces vi a Peña, a punto de ser degollado. Me costó reconocerlo porque estaba en los huesos, pero su cara áspera era inconfundible. Pude cumplir mi promesa y me interpuse para salvarle la vida. Él no me lo agradeció. Le pregunté por su hermana Gacela y me dijo que había muerto de hambre dos días atrás. Ya no me importaba. Él me preguntó por mi padre y tuve que contarle que lo perdí en las primeras batallas, cuando un hacha de sílex le cortó la cabeza en el Bosque de los Mamuts.

Me dio la enhorabuena por haber ganado la guerra.

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