Cristóbal Medina

Alto secreto

FECHA

(Estoy participando en un taller de micro relatos. Mañana debemos presentar un ejercicio, pero como yo me he auto impuesto publicar en mi blog los días 15 y último del mes, pues me he decidido a adelantarme y presentaros mi propuesta ya que estamos a 30 de septiembre y no tengo nada más preparado. Porfa, no se lo digáis al profe ni al resto de mis compañeros [por si acaso no os diré quiénes son]. El propósito es pulir el texto y corregir sus defectos. Yo lo presento aquí virgen, tal y como ha salido de mi mollera. Si luego me ponen a escurrir, pues trataré de que no os enteréis. Os cuento: las pautas son que tenga entre veinte y treinta líneas y que contenga tres palabras, sacadas por el profe al azar de un diccionario, además de darle importancia al título elegido. A mí me han tocado “puma”, “cajero” y una conjugación del verbo “aletargar”. A ver qué os parece el título)

El cazador vengativo

Me aposté con el rifle repetidor delante del cajeroautomático del banco, escondido en un portal cuya oscuridad me permitía pasar desapercibido. El cañón de mi arma apenas surgía de la penumbra que me cobijaba.

Primero llegó un puma. Ágil terminó las gestiones y abandonó el lugar. Poco después un perezoso pareció eternizarse en el mismo sitio. Logró que una fila de cuatro bestias más se formase a sus espaldas, guardando las distancias prudenciales. Una foca, un lagarto, un león y una cebra. Esto me hizo desesperar, pues mi pieza no estaba entre ellas, a pesar de que ya debería haber llegado. El tiempo transcurría lento, el peso del arma parecía aumentar y mi cuerpo se aletargaba en mi forzada postura.

Aún el perezoso seguía enredado en sus tareas cuando, por fin, llegó el cerdo, mi objetivo, que ocupó el quinto lugar en la fila. Pude acabar con él en ese momento y marcharme, pero decidí esperar, para disfrutar lo máximo de la caza. Un disparo preciso sería tan breve que me sabría a poco. Mi deleite aumentaría sabiendo que ese animal no tenía escapatoria y que yo saborearía la espera.

Acabó el perezoso y la foca ocupó su lugar, extendiendo el contenido de su bolso en la inclinada repisa del cajero. La lógica fatalidad produjo que su monedero, unas llaves y un teléfono cayeran al suelo. Los demás se desesperaban, pero yo disfrutaba de la demora. La foca casi pareció entretenerse más que el perezoso, aunque el tiempo siempre es algo subjetivo.

Después de la foca, el lagarto fue hábil y antes de darme cuenta ya estaba el león en el cajero. A la cebra se la veía temerosa de que su antecesor se diera la vuelta y la descubriera, por lo que disimulaba mirando su teléfono móvil. Por fin, la cebra, que tampoco tardó mucho, dejó paso al cerdo.

Le apunté a la cabeza y la bala le traspasó con precisión, haciendo añicos de paso el cristal del cajero.

Puto cerdo, nunca sabrás que yo conocía la clave del móvil de mi esposa, si no, no le hubieras enviado el mensaje citándola a cenar.

No te lo quedes para ti, compártelo

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