Cristóbal Medina

Abundando en la fe y en la democracia

FECHA

La fe puede servir para diversas funciones, como huir del miedo a la muerte o simplemente para asegurar una ideología compleja que es indemostrable. Cuando no podemos saber la verdad, creemos a ciegas. Eso es la fe.
Está claro -para mí lo está- que la fe es simple y llanamente un acto de la voluntad, pues creemos lo que queremos creer y no porque sea verdad evidente, sino al contrario, porque no podemos certificar su autenticidad. Si somos conscientes de ello y lo relativizamos respetando que los demás puedan creer otra cosa, pues entonces no pasa nada, podremos convivir y esto se llama democracia, ya que ésta consiste en aceptar las opiniones de los demás. Luego realizarán la labor de gobierno aquellos que sus opiniones logren el consenso mayoritario y se vean refrendadas a través de los votos. Es el juego político.
Y yo me pregunto: ¿Hay demócratas en España? Por supuesto y de todas las creencias, o fes, tanto de izquierdas como de derechas. El problema es que hay  muchos otros que no lo son y que tan solo aceptan la democracia cuando gobiernan los suyos y se oponen vehementemente a aquellos equivocados, malintencionados, idiotas, ignorantes, tarados, criminales, malhechores, delincuentes… que opinan diferente. Así entramos en el reino de la intransigencia, que es el opuesto a la democracia.
Recuerdo una película americana -agradecería que algún cinéfilo me apuntara cuál es- en la que un personaje decía algo parecido a esto: “No estoy en absoluto de acuerdo con usted, pero moriría por defender  su derecho a opinar así”. Eso es democracia, lo demás, no.
Intransigentes fueron, o lo son, el régimen nazi, el ISIS o Estado Islámico, el régimen de Maduro en Venezuela, las monarquías árabes actuales, el golpe de estado criminal de 1936 en España denominado “Alzamiento Nacional”, el franquismo posterior, la Inquisición, el comunismo de Stalin…
Dentro de la intransigencia y contrarios a todo sentimiento democrático debemos enmarcar también a todos los nacionalismos, por ejemplo el español y el catalán, que aún propugnan ideas sagradas, y por tanto las convierten en cuestiones de fe, es decir artificiales y no probadas, sin importarles falsear en su favor la Historia. Estas ideas consagradas son la indivisibilidad de la patria, el “somos mejores”, los valores superiores de la nación, el “España nos roba”, el “si queréis la independencia marchaos, pero marchaos fuera de la península que es nuestra”… (nuevamente puntos suspensivos). El hacer sagrada una creencia no hay racionalismo que lo soporte.
Los estados no son creaciones divinas indivisibles e inmutables, sino el resultado del devenir de la historia, y tan solo las guerras de los reyes absolutistas con ideas patrimoniales de sus estados, y los azares de unas victorias en lugar de otras, son las que han conformado los países. Nuestro país en concreto. Eso explica que en la misma península Cataluña sea parte de España y Portugal no, ya que podría haber acontecido al revés. Al que quiera explicarlo porque lo quiso Dios así, tan solo se lo puede rebatir el que cree que Dios no lo quiso así. Y de ahí al enfrentamiento.
La democracia, nace de abajo hacia arriba, es el pueblo el que elige a sus dirigentes y su forma de Estado. Y esto no es una creencia, no es fe, es parte de la definición de democracia. Cuando existe un problema palpable para un Estado, como es la desafección de Cataluña en España, el único remedio que queda es preguntarles, dejarlos que hablen, que digan uno por uno qué es lo que quieren. Y que lo digan aquellos que quieran, porque en democracia también está el derecho de no opinar. Y una vez que hablen, se debe llevar a cabo lo que decidan. Eso es lo que hacen países demócratas como el Reino Unido con Escocia o Canadá con Quebec. Si no les dejamos decidir crecerá el sentimiento independentista sin medida. Negarles el derecho de decidir qué quieren ser no les lleva más que a enrocarse en su posición y eso conduce al extremismo, al enfrentamiento, a la guerra, a la muerte y al sufrimiento. Y no exagero, ahí tenemos el ejemplo reciente, y en esta Europa, de los Balcanes.
Si declaran la independencia unilateral los catalanes, ¿les vamos a invadir? ¿Enviamos a nuestros hijos a matar catalanes? -es que yo estoy mayor ya para ser soldadito-.
La sangre de mis hijos vale mucho más eso.
Ni una gota de sangre más por una maldita idea sagrada, por la fe de unos tarados que quieren arrastrar a los demás con sus soflamas basadas en creencias sacrosantas. Como dijo mi admirado Julio Anguita: “Malditas todas las guerras y los canallas que las fomentan”…

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